ERNESTO ANAGUANO: TERCER PREMIO CONCURSO NACIONAL DE POESÍA DAVID LEDESMA

 

LA PARTIDA

 

         

Ernesto Anaguano


 Poética

I

El poema quiere surgir.

Le urge ser esa línea tenue,

tinta o sangre, grito de espanto,

estocada contra el yo.

Le urge salir del vacío donde habita.

Si lo espero con paciencia, este no se acercará;

y si lo busco, volverá a su sino inhabitado.

Para mí la poesía es una cacería

donde se afilan los sentidos,

es una danza del asecho

en los abismos del lenguaje.

 

II

Divaga y escribe la minucia.

El poema te mentirá,

te confundirá,

se burlará de tu deseo constante

de asirlo al mundo.

Todo lo escrito será falso.

Todo se te negará.

Aun así, no dejes de escribir.

Estrangula la palabra

hasta que caiga exhausta,

No te preocupes del sin sentido,

algún día la desdicha, el abandono y la soledad,

reorganizarán esas palabras rabiosas,

que ahora arden en tus manos, quietas,

infinitas en su cautiverio.

 

 

                                                            Orígenes

I

Afuera están

los paisajes australes

de los relatos del mitimae viejo,

aluvión iridiscente de tiempo,

dolor y alegría.

Están los campos

como reflejos secos

de los pueblos que gravitan

en la piel del páramo.

Tierra terca de

trabajo aciago y

batallas fratricidas.

Las melodías escapan

y se esconden en la noche,

las sombras de otros tiempos

danzan eternas junto

a la chamiza.

 

II

 

¿A dónde han emigrado

los profetas de la noche?

¿Por cuál ruta se desplazan

los vigilantes del espacio?

Hace ya tanto tiempo

que se cansaron de ver la luna

y de acariciar estrellas.

¿Por dónde articulan

sus últimos cantos telúricos?

¿Qué lugares albergan

sus místicas pentafonías?

Aún se escuchan susurros

por los muros de esta roída catacumba,

donde sus pálidas voces

parecen desgarrar cascajos volátiles.

El temblor de la lluvia

viene con los yumbos,

El pulso del firmamento

es el eco del amauta.

Un viento suele traer noticias de su canto.

 

 

                 La tierra

 

La quietud de mi pueblo es vista por la montaña.

De su terraplén surgen minúsculos

los habitantes de Santa Ana.

Sus ojos cansados del día anterior me imputan su voluntad.

Yo también, como ellos, me limpio la cara lúgubre

con el sol y la briza del amanecer.

Voy a la costumbre del sinsentido y me adhiero

a la piel de los otros.

Navego en una no-historia,

la negación de lo común.

 


La partida


                                I

 

Hay una neblina en la mirada del recién llegado

que nos impide vislumbrar su destino.

Las huellas de sus pasos son la partitura del mundo y

en su camino yace la música del tiempo fortuito.


                                II

 

Para descifrar mis sueños

me marcho con los mitmakuna

que arrastran sus cantos seculares.

No quiero saber si algún día volveré

a respirar esta quieta soledad.

Guardo en mi cabeza la imagen de este pueblo devastado

y en mi corazón el último canto del wirakchuro.

Voy porque anhelo la verdad.

Sé de algo nuevo.

Voy, porque anhelo la muerte a la eternidad del silencio.

Voy a descubrir el presagio que me atormenta.

 

 

Ernesto Lenin Anaguano Gualoto

Quito, 7 de agosto de 1987.

Licenciado en Ciencias de la Educación y Sociólogo por la Universidad Central del Ecuador, magíster en Sociología por Flacso-Ecuador, candidato a doctor en Estudios Hispánicos por University of Western Ontario. Se ha desempeñado como investigador y docente universitario. Además, colabora como editor de la Revista Anales de la Universidad Central del Ecuador.


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