El negro calculador: José Antonio Campos

 

𝗘𝗟 𝗡𝗘𝗚𝗥𝗢 𝗖𝗔𝗟𝗖𝗨𝗟𝗔𝗗𝗢𝗥

 

                                                                                      𝙅𝙤𝙨é 𝘼𝙣𝙩𝙤𝙣𝙞𝙤 𝘾𝙖𝙢𝙥𝙤𝙨

 

        Regresaba el negro Benito de dar una serenata a la morena Candelaria, que lo tenía derretido como una melcocha, cuando tropezó con un bulto blanco en el camino y detuvo el paso.

 

—Anima bendita der Pulgatorio —dijo— ¿qué será esta cosa blanda que hey pisao con  er pie?

        Valor, Benito! Agáchate y agárrala, sea lo que juere, y San Nicolás te ampare por detrás.

        Levantó el negro del suelo un bultito, que era un pañuelo arrollado y atado con una cinta. Pero pesaba el lío como si contuviera perdigones, lo que causó grave sorpresa al moreno trasnochador, quien tenía el bulto en la mano como si fuera una brasa de candela.

 

        Aquí hay algún pájaro preñao!, exclamó haciendo mil gestos. Qué haces, Benito? Lo llevas cargao u lo dejas botao? Mejor será llevarlo onde la Candelaria pa que ella vea er chirimbolo y sargamos der susto.

 

        Deshizo Benito el camino y volvió junto a la morena, que lo recibió con este piropo:

—Sinvelgüenza, qué se te ha perdío?

—Nada, contestó él, sino que antes hey encontrao un bodoque, que no sé

   que será.

—Y qué es?

—No te digo que no sé, cachimba! Ello es un paño amarrao; pero tiene

   adentro un condumio.

 —Yo lo abro.

—Ten cuidao con alguna cosa mala, que las brujas saben meter corazones de

    cristiano difunto en estos líos pa malográ a los enamoraos.

—Ay, qué gracia!

 —Reza un Padrenuestro bien asentao y vamos andando.

—Benito!

—Jermosura e mi arma!

—Adivina qué hay adentro?

—Argún pie de criatura mora u esqueleto de garrapatero.

—No seas animá, negro e mi vida! Híncate ahora mesmo en el suelo y abre la

   boca.

—Vamo negra, dame la sentencia.

—Lo que hay adentro es oro acuñao, negrito lindo; de esos que los blancos

   llaman góndores*.

 —Se me puso! Dende que trompecé con er tuco especulé que ahí había

    penca; pero e negro taba callao pa no malográ el hallazgo.

—Ay, Benito, cuanto te voy a querer ahora que te ha caído esta lotería!

—Yo se la pedí a mi Seráfico Padre San Jacinto.

—Como le pediste, Benito?

—Le dije a las claras que yo tenía una negra ma durce que un caramelo y que

   lo único que farta eran unas riales pa aviá a la pareja...

—Y qué más le dijiste?

—Le dijí que si los tenía desocupados po  allá arriba me los aventara pa

   cogelos. Y como  er sabe lo que es necesidá agarró y me los aventó. Esto

   es más claro que lagua.

 —Ay, Benito! Yo no quisiera atocar este dinero sin la bendición der Cura.

 —Pero, negra, si ya lo bendició nuestro Seráfico Padre San Jacinto.

—Nada. Este oro, negro, nos puede quemar las manos y tarvez el arma. Yo sé

   lo que te digo.

—Ah, cachimba!

—Hay treinta pesetas amarillas de a 20 sucres y lo que soy yo no las agarro

   hasta que no te veas con el Cura y te diga lo que hay que hacer en un caso

   ta juerte como éste.

 —Bien dice er dicho, que las mujeres son la perdición de los jombres.

—Güeno; pero yo no atoco medio sin licencia de su paternidá! Anda, tilingo,

   o te dejo plantao con tamaña jeta.

—Ay, mi durcita Candelaria, que no jaré yo por esa cara tuya que me tiene

   hechizao!

—Y mañana me tres la contestación. 

—Hizo el moreno una expresiva pantomima y se alejó cantando:

 

 

          Dende que yo la vide

          Mi pecho late,

          Y sus besos me saben

          A chocolate.

 

—Y qué te dijo er Cura, Benito?

—Me ha metío un miedo padre, Candelaria!

—Ajá! Por qué?

—Porque se le ha encajao en la cabeza que el atao de la mosca es ajeno,

   que si no lo entriego a su legítimo dueño me va llevar una pipa e diablos.

 —A dónde?

 —Al mesmo infierno.

 —Entonces, ándate largando de aquí, condenao!

—Pero es que ya no me llevan, mujer…

—Por qué?

—Porque pa evitalo me ha mando er fraile que ande pregonando: ¿a quién se

   le ha perdío un atao de dinero?

—Hasta cuándo?

 —Hasta que parezca er dueño.

 —Y pregonas?

—Po juerza. Más de cinco cientas veces hey dicho ya en la Iglesia: "a quién se

   le ha perdío?...”

—Gritando?

—No. En la Iglesia se jabla despacito y yo no hey salió de un susurro que icía:

   ¿a quién se le ha perdío… ¿a quién se le ha perdío…? Pa gritá me fi al

   despoblao y allá grité de lo lindo, que hasta los mesmos gallinazos se

   asustaban.

—Y naide te contestó?

—Naide. Cuando venía algún curioso a enterarse lo amenazaba con una

   cabezada y se iba.

—Benito!

—Er Cura dijió que si busco ar dueño der bodoque y se lo entriego me hago

   un santo, más que la color me ofienda.

—Y si no lo encuentras?

 —También me hago un santo por la buena intención que hey tenío.

 —Mira, negrito: por ahí viene un dotor buscando argo. Da er grito!

—Mañana, prenda. Hoy se ha gritao ya lo suficiente.

—Te digo que grites! 

—Ay, ay, ay!

—Qué?

—Que me duele la punta de la lengua!

 —Candelaria, negro está contento. Viva er cielo y la tierra! Vivan las negras

    bonitas!

—Qué hay?

—Que ya nos arreglamo con er Cura, jermosa lú de mis ojos!

—Cómo?

—Que ya no grite má. Puesto que er dueño no aparece, me jabló su

   paternidad es porque no quiere parecer y vamo a repartí el dinero en tres

   partes: una pa los santos, otra pa los pobres y otra pa ti —Y no me

   condenaré, señor Cura?— No, hijo, me dijo, porque ya cumpliste tu deber.

—Entonces le besé la mano y me juí a mi posada, donde hice la repartición.

   La primera parte pa mí, que es lo que me toca; la segunda pa mí por lo

   pobre que soy y la tercera pa mí por lo santo que me hey hecho.

 

        Y ahora sólo me farta mi durce Candelaria pa que se acabe la función.

 

        La negra dejó caer su oscura mano en las manos del negro y se quedó

   admirada de las finanzas de su adorador.

 

        Y, en verdad sea dicho, que aquí el único que lo supera es el Fisco, pues cuando el Congreso distribuye las partidas del Presupuesto entre las obras públicas, que son la perenne ilusión de nuestros pueblos, el Fisco halla la manera de que le toquen todas, como el negro Benito, sin que le falte la admiración de esta negra Candelaria que llamamos República del Ecuador.

 

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                                                                                                                       𝙅𝙤𝙨é 𝘼𝙣𝙩𝙤𝙣𝙞𝙤 𝘾𝙖𝙢𝙥𝙤𝙨

(Jack the Ripper). Guayaquil, 1868-1939. Obras: “Dos amores”, “Rayos catódicos y fuegos fatuos”, “Cosas de mi tierra”, “Cintas alegres” y “Linterna mágica”.

 

 

Nota:

*cóndor: Moneda de oro de la república del Ecuador, que en el siglo pasado equivalía a 25 sucres. En la obra un personaje dice “góndores” (cóndores).

(CCEMAS, 2024).

 


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