CUENTO “DOMINGO”: ROXANA RODRÍGUEZ CARBO
Nació en Portoviejo, Manabí y como un buen manaba fue criado con los mejores alimentos que lo hicieron crecer como un verdadero guerrero. Desde pequeño, Domingo gustaba cantar cual tenor lírico, diría que casi como el mismo Pavarotti, cuya característica en su voz era la de alcanzar con natural facilidad los tonos agudos. Vivía en una reconocida hacienda en la zona rural de la provincia costeña, lugar con el clima más caluroso de la zona, solamente cuando llovía quedaba la humedad y el frescor de la floresta, bañada por el rocío que se deslizaba a la voluntad del viento. Domingo fue muy querido y esperado y desde que nació, los dueños de la hacienda se preocuparon por él, cual príncipe heredero; principalmente Clemencio, sí, pero heredero de una gran estirpe de su especie perteneciente a los Albany: grande, con su plumaje casi rojo en su totalidad, mezclado con negro azabache y patas amarillas; su corona o cresta era pequeña y rosa y una barbilla caía y se movía al son de su caminar orondo y pausado a la vez. Realmente traía consigo un liderazgo innato que sobresalía sobre todo en su manera de cantar y cacarear, como desafiando al día, que amanece y anochece, una y otra vez al pasar del tiempo.
Les cuento que el gallo tiene muchos mitos, por ejemplo “una leyenda filipina dice que desde los principios de los tiempos, vivían en el cielo tres hermanos que se querían mucho: el brillante y cálido sol, la pálida pero hermosísima luna y un gallo charlatán que se pasaba el día canturreando”; asimismo, significados varios, metáforas, ligados todos principalmente a la virilidad, al machismo, a los campeones y a la hombría; inclusive grandes escritores como Hemingway y García Márquez han tomado a los gallos de pelea para sus historias y fábulas en la figuración patriarcal. Conociendo esto me atreví a presentar a Domingo, muy fino y elegante entre los demás gallos, destacando su jerarquía de dominio sobre la hembra, con pecho robusto, muslos contorneados y finalmente sus patas afelpadas de frondoso plumaje, el que culminaba con un espolón brillante como un truco propio para desviar la mirada de su contrincante a la hora de la batalla.
A la hora del cortejo, Domingo tenía como táctica pasearse en círculo alrededor de los corrales y mientras salían y entraban las pollitas, él -muy altivo- hacía como que no las veía cuando contrariamente solo tenía la intención de pavonearse por fuera de los galpones donde se encontraban cantidad de pollonas, siempre vestidas de blanco con grandes faldas entreabiertas que hacían destacar sus grandes muslos mostrados en cada paso que daban; a veces rápido, rápido, rápido y otras, lento, lento, lento como contando los pasos, y llevando sus miradas a un lado y al otro y solo paraban a cierta hora obligatoria de descanso o para comer como los otros habitantes de la hacienda, entre los que destacaban los gallos de pelea y en este grupo su gran líder, que era Domingo.
Pasó el tiempo y de repente se propagó una noticia. Tras un largo entrenamiento diario de Domingo, este estaba muy bien preparado para enfrentar cualquier contienda. Se decía que un gran hacendado de Quevedo, cantón de la provincia de Los Ríos, había comprado a Domingo y fue así que este, tras su imprevista admiración debió partir hacia esa zona del país, a pesar de su contrariedad y tristeza. Llegaron a la gran hacienda “Alegría Campestre”, lugar muy cálido, y con un clima variado dentro de la normalidad entre el invierno y el verano. Empezaba el mes de julio y a finales de este, por tradición se llevaban a cabo las famosas peleas de gallos, donde se apostaban grandes sumas de dinero. Fue así que Domingo fue llevado a un nuevo hogar, pero en este sus cuidados eran mayores y se vio obligado a hacer ejercicio, a correr por treinta minutos cada mañana para aumentar su resistencia y a desarrollar sus músculos. Otro momento era el de tomar baños de agua fría y posteriormente le secaban muy bien sus plumas; además alternaban algunos días de descanso. Otra parte del entrenamiento era propiciar en Domingo el enojo, el mismo que lo demostraba agitando sus alas, persiguiendo al adversario, picándolo y estando listo a lanzarse para clavar su espolón. Fue así que desde que llegó Domingo -y aprovechando su edad moza- solo se preocuparon de darle todas las armas que por naturaleza serían empleadas para atacar. “Pancho, mira a Domingo…”, decía el hacendado Demetrio Álvarez a su capataz, “él es mi mayor tesoro y estoy seguro que me dará muchas alegrías a través de sus repetidos triunfos. ¡Cosecharé muchos trofeos, estoy seguro!”. “Así será patrón, -contestó Pancho-, ya estoy deseoso de disfrutar de esa pelea. Hace mucho tiempo que no vemos una real peleísima …, ¿verdad patrón?”.
-Domingo la ganará sin duda alguna, ¡hasta el comisario y su gente apostaron a él!
Cuentan los historiadores que Temístocles, el gran general ateniense, mientras se dirigía a enfrentar a los persas, vio a dos gallos librando un cruento enfrentamiento, este acto lo tomó oportunamente para arengar a sus tropas, declarando: “Esos gallos no se esfuerzan por defender a la patria ni a sus dioses, no luchan por las tumbas de sus antepasados ni por la gloria, la libertad o por sus hijos. Se pelean para no resultar vencidos y para no ceder ante el adversario”.
Llegó el 30 de julio, era una gran mañana, eso sí, hacía mucho calor por el sol resplandeciente que quemaba cual voraz incendio, especialmente dentro del coliseo. Era la fiesta del pueblo y entre la diversión masculina se organizó una gran pelea de gallos, la primera del año. El dueño actual de Domingo, Demetrio, invitó a Clemencio, su antiguo dueño y mientras una y otra vez brindaban por el triunfo, se aprestaron a acudir al galpón llevando con todos los cuidados a Domingo, quien haría su debut con grandes apuestas de los porteños. Todo aquel que acudía a la gran convocatoria, iba engalanado con las mejores prendas de pantalón vaquero, camisas a cuadros con chalecos de texturas varias, cinturón ancho y botas lustradas que adornadas con brillantes espolones simulaban a los de los gallos; pañuelos amarrados en el cuello y sobre sus cabezas hermosos sombreros moldeados, de acuerdo al gusto de sus dueños.
Pero, ¿cómo se sentía Domingo? Leyendas suicidas de triunfos, antecedían el próximo y esperado suceso. Cada mañana era una invitación: mudo, solo escuchando, mirando y haciendo lo que otros presumían y para lo que no había marcha atrás. Estaba próxima la hora de emplear tantas tácticas e inspirarme y si es posible abusar de ellas porque sobran los motivos para salir victorioso.
Me dirigía al coliseo, me llevaban. Recorríamos el trayecto polvoriento y luego calles y calles nunca vistas, pero que al final del camino se alzaba majestuoso un gran coliseo, repleto de adeptos y curiosos y de quienes querían gozar del gran espectáculo previsto por varios hacendados. En la espera vienen a mí agradables pensamientos, mientras en el ruedo caían serpentinas de alegoría y de buena suerte. Anoche me exigí dormir, pensé y repensé, debía hacer lo aprendido en tantos días de preparación. Busqué, busqué y busqué tantos motivos de inspiración para ser el campeón. Mil pensamientos que me hicieron recapacitar a muchas ideas de derrota, pero sin pensar en defraudar a los fanáticos, a las viudas de los galpones, amigos y otros, me dije: “Agitaré mis alas cual bovina de avión al despegar, y moveré mi pico cual diestro espadachín. Al único que no defraudaré es a mí. Yo soy el gallo Domingo, representante de la virilidad. Soy macho, macho y ganador. ¡Nadie me vencerá fácilmente, lo demás para los demás! No hay tiempo para amarguras y resentimientos…, ¡estoy en mi mejor edad! Llegó la hora. ¡Me volvieron las ganas de cantar, las ganas de vivir!
ROXANA RODRÍGUEZ CARBO
Roxana Carol Rodríguez Carbo. (Guayaquil, 17 de julio de 1956). Egresada de Medicina. Licenciada en Gerencia Social. Ha participado en proyectos sociales y literarios. Es coautora de “Narraciones de escritoras ecuatorianas” (2023).
Foto: Roxana Rodríguez. Cortesía de la autora (2022).

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