EL REINO DEL ABSURDO: ENRIQUE ÁLVAREZ JARA
EL REINO DEL ABSURDO
Lcdo. Enrique Álvarez Jara
Es verdad que nuestro país no es ni el primero, ni el
último, que tiene que enfrentar situaciones adversas propiciadas tanto por el
hombre, como por la bendita naturaleza. Nuestra sociedad no es ni la mejor, ni
la peor, cuando se trata de enfocar problemas de carácter social, económico,
político, ético o moral. Y, a pesar de esta valoración objetiva y con
retrospección histórica, seguimos pensando y proclamando que nuestro Ecuador es
lo último; que no tenemos héroes verdaderos; que nuestros artistas son los
peores; que nuestra música no vale; que etcétera, etcétera y etcétera.
Sin comulgar con esas ideas y expresiones pesimistas y
peyorativas contra nuestra esencia de ciudadanos ecuatorianos, sí hay que
reconocer que nos hemos acostumbrado a vivir en una vorágine de cosas absurdas
como que el respeto por los demás y por nosotros mismos se ha quedado empolvado
en los textos de uso olvidado por parte la gran mayoría. Nos hemos acostumbrado
a la mediocridad en todos los ámbitos. Hacemos gala de la conformidad con lo
más fácil y lo más cercano, sin que esa condición sirva como referencia para la
superación de las nuevas generaciones.
En este reino de las cosas absurdas vemos con asombro
cómo una gran cantidad de personas ávidas de renombre, reconocimiento y
ensalzamientos que no han podido lograr en base a méritos auténticos, buscan el
tratamiento de DOCTORES que no les ha concedido la Academia, pero sí lo lograron
a cambio de un pago ilícito a una organización no autorizada para extender el
título honorífico.
En ese mismo plano de lo absurdo caen los
reconocimientos que hace la Asamblea Nacional a ciertos ciudadanos que han
tenido muchos vínculos de carácter político con algún miembro de esa función
del estado, y que se encargó de conseguirles el Acuerdo que la Universidad o
cualquier otra organización legítima no le ha otorgado, porque no ha demostrado
el mérito. No hay que dejar de considerar que la Asamblea es un organismo tan
desprestigiado que, no alcanza a tener la autoridad moral para hacer
reconocimiento alguno.
Nos llenamos de oropel y parafernalia para destacarnos
como no lo hemos podido hacer en el tiempo y en el espacio justo y adecuado.
Claro está que el “doctor” o la “doctora” se lucen ante sus amigos y vecinos,
pero el daño social que se ocasiona es la devaluación inexorable de un título
académico u honorífico que antes sí tenía un elevado valor ético, moral y
social; y que ahora, se adquiere como quien se compra un traje nuevo.
Así mismo, las distinciones que tienen origen en la
institucionalidad estatal pasan a tener el valor de un papel de despacho que es
conseguido por compadrazgos y compromisos personales o políticos, lo cual
termina en el plano de la corrupción.
Los divos y las divas de nuestro mundo farandulero no
se quedan atrás tampoco. Antes, un divo o una diva eran personajes de la talla
artística y del prestigio de un Caruso, Gardel, Pedro Vargas o Jaramillo para
mencionar un nacional; también de una Xiomara Alfaro, Edith Piaf, Libertad
Lamarque, para mencionar figuras del género femenino. Estos personajes de la
música tenían fama internacional, por no decir mundial y, por eso eran
considerados divos o divas. Pero, en la actualidad y en nuestro medio, a todo
el que medio, medio cacarea, sin que su fama alcance ni siquiera a la región
andina u oriental, ya se lo cataloga como “divo”, lo cual nos hace reafirmar
que estamos viviendo en el reino de lo absurdo.
Comentarios
Publicar un comentario