El ingenioso don Kijano: Huilo Ruales




El ingenioso don Kijano
cuento de Huilo Ruales

El viernes 13 de abril, a las seis menos diez minutos de la tarde, el ingeñoso don Kijano, se disponía a bajar del Colón-Camal que a esas horas reventaba de gente. Con su vozarrón, otrora digna de la commedia dell’arte, se abría paso entre la masa de pasajeros, gritando, abrid espacio, bellacos, pelafustanes; a la par que azotaba a diestra y siniestra con su portafolio de profesor antiguo.

Nada más le faltaba un par de metros para llegar a la salida trasera, cuando sintió por primera vez en su luenga vida un vuelco, un dardo de hielo, un pasmo de aquellos que paralizan cuerpo y alma, en el Antiguo Testamento: sus ojos, pasmados, como si recibieran un balazo, se estrellaron durante un infinito segundo con el rostro de cuencas vacías de Madame Lamort. Mientras tanto, la multitud, que irrumpió en el bus como ola escupida por un tsunami, lo arrastró hacia el interior como a un tereque de huesos, corbata y portafolio.

Una hora más tarde el ingeñoso don Kijano estaba desparramado en una banca del parque de La Carolina, que en la penumbra parecía un bosque habitado por ogros y pitufos. Casi sin fuerzas, el rostro hundido entre las clavículas, y empuñando su sobreviviente y enorme zapato izquierdo, se repetía una y mil veces: Era la parca, estoy seguro.

En realidad lo había atisbado, al fondo del maldito bus, nada más que una fracción de segundo, cuando lo empujaban casi desarticulándolo como una marioneta huesuda y gigantesca. Por primera vez en su larga vida, la había visto, y, como las Escrituras Sacras lo comentan, a la Hilandera se la siente, se oye su jadeo, hasta se la ve en persona, solamente cuando ella viene en busca de uno y no cuando por casualidad se la encuentra.

Cabe aclarar, se dijo, que no lo había desmoronado el miedo en sí a la doña, sino el infinito pudor de morir sin ningún decoro. Cuánta vergüenza le producía el imaginarse ya muerto desde hace una hora, maltrecho, pisoteado, aplastado como una rata en un ignominioso bus.

No era la primera vez que, debido a su perpetuo oficio de vendedor de poemas en los buses cada vez más vetustos, fuera blanco de maltratos parecidos. No se diga actualmente que la capital había quintuplicado su población. Tampoco soslayaba su creciente fragilidad y, a vez, la iracundia a flor de piel, que estaba arruinando el prestigio de su legendaria ecuanimidad.

Aunque, esta vez, podría justificarse ante el remezón que le produjo ver a la parca, al fondo del tumulto, sentada, oronda, en el último asiento, con sus ojos vacíos clavados en él. Instantáneamente, como debe de ser un balazo en el alma, se sintió helado y presa del terror. Podía haberse desvanecido o muerto en ese instante, pero, como el Quijote, don Kijano, decidió dar batalla y se abrió campo a codazos y golpeteos con su vetusto portafolio, hasta bajarse del maldito bus. Y fue, al colocar sus pies en la acera, que sintió no tener más que un zapato.

El otro, quizá, lo había recuperado Ella, pensó, estremecido.

Eran las siete menos veinte minutos de la noche y el sol estaba apagándose. Desde un balcón, alguien lo contempló un largo momento, fascinado por la posibilidad de que aquella figura, descansando en una banca del parque, fuera una hermosa escultura tamaño natural de don Quijote. Hasta que la vio inclinarse, agobiada, teniendo en una de sus manos, como una canoa diminuta, un enorme zapato.


Huilo Ruales
Nació en Ibarra, provincia de Imbabura, Ecuador, el 25 de marzo de 1947. Integró el taller literario de Miguel Donoso Pareja. Empieza a publicar sus obras en la década del 80.

Foto: Huilo Ruales (Fight Club).

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